CARACAS, sábado 22 de noviembre, 2008 | Actualizado hace
No hay nada que atemorice más a quienes ejercen la autoridad
despóticamente que la pérdida de poder. Y, por lo
general, los autócratas utilizan las amenazas para infundir
miedo y someter la voluntad de todos quienes opuestos o no,
se encuentran bajo su mando. La intimidación, el chantaje,
la coacción son medios que justifican el fin de la permanencia
en una situación de ventaja cuando el desempeño
ha sido a todas luces punible. La pérdida de tal posición,
la del poder a toda costa, es el principal miedo de los poderosos.
El ejercicio del poder, en sí mismo, no es malo. Mala
puede ser la forma de su ejercicio y los fines para los que
se detente. De la forma del ejercicio del poder que se tenga
dependerá la aprobación o desaprobación de
una gestión en función de los resultados obtenidos
para beneficio de la sociedad sobre la cual se despliegue
autoridad. Cuando la autoridad es compartida y el poder participativo,
cuando existe interrelación entre los diferentes gestores
de la comunidad, cuando hay una relación libre que enlaza
los múltiples entes comunitarios, no hay necesidad de
utilizar medios coercitivos ni discursos amenazantes a fin
de alcanzar los objetivos propuestos. El poder, en este caso,
democrático, representativo y conexo, sirve como instrumento
y no como fin. Es el poder que sirve a la sociedad y no se
sirve de ella.
Como contraparte, el poder ejercido como puño, concentrado
en una sola mano, excluyente y censurador de las opiniones
divergentes, es el poder que desconfía de los ciudadanos,
teme las críticas e inhabilita las contestaciones. Gobierna
sembrando miedo, busca la adhesión acrítica y el
servilismo, y violenta toda ley existente haciendo las suyas
propias. Es el poder del garrote, de las botas, de la civilidad
transformada en militancia uniformada de un color escogido
para eliminar el pensamiento y convertirlo en plegarias a
un solo y poderoso dios, bienhechor de utilidades a conveniencia.
El poder hegemónico, cuando cae en desesperación,
cuando enfrenta el miedo de la caída, se manifiesta en
insultos, ofensas y agravios que llegan a ser costumbre y
que, pasadas las primeras veces en que producen rechazo, pasan
a producir risa o nos son indiferentes. En contrario, el poder
adecuado para el beneficio social es un poder que invita a
la colaboración y el apoyo de todos quienes lo eligen.
El poder absoluto necesita símbolos y títulos para
reforzarse. El poder repartido se fundamenta en valores como
la igualdad de oportunidades, la libertad y la justicia.
Ante el poder de un cabecilla se rinden los aduladores. Ante
el poder compartido hay deberes y derechos.
En el poder despótico no hay rendimiento de cuentas
y por tanto no hay transparencia. En el poder democrático
hay evaluación de desempeño y responsabilidad compartida.
El poder del puño es la negación de la libertad.
El poder para servir es la atribución que se otorga a
quienes hacen de voceros de nuestra libertad en ejercicio.
El poder que sirve a la sociedad, y no el que se sirve de
ella, se erige como un titán y puede mucho más que
el miedo que infunden y a su vez sienten los poderosos.
El poder verdadero es, entonces, el que refuerza la capacidad
de la sociedad y propicia la participación de todos.
Por ello, la reprobación de una gestión con el coraje
popular en una avalancha de votos, atemorizan a quienes no
conocen otra forma de imponerse más que los vilipendios,
la imaginación de proezas bélicas y el forcejeo
de mañas para no irse.
anamariavaleri@gmail.com
1.9. Economía. Las estadísticas del Banco Central de Venezuela indican que en diciembre la inflación nacional registra un salto de 2,6% con lo que el acumulado de 2008 asciende a 30,9%, una magnitud que supera con creces la meta inicial que se planteó el Gobierno, de cerrar este año con un resultado de tan solo 11%.
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